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Un novelista debe saber de todo

Llevo semanas desvirtualizado. Hay demasiadas cosas prácticas que hacer y el tiempo parece cabalgar cuesta abajo. Rayo hojas al pasar, alguna idea, ocurrencias sin mucho sentido, luego a seguirse estropeando las manos, el verano es tan implacable como el invierno, aunque de un modo distinto. Alimentarte con tu propio esfuerzo, cultivar tus propios alimentos, deja henchido tu orgullo anarquista, pues no necesitas recurrir a los impuestos de otros, ni golpear instituciones donde dormitan fétidos holgazanes hijos de puta, ni lamerle el culo a ningún empresario explotador.
Lorena ha venido a verme. Aún no celebramos su llegada, pero ya habrá tiempo. Será con vino blanco. En las noches tibias hemos degustado textos de Claudio Ferrufino. Vida y creación unificadas a través de su arte narrativo, el lenguaje convertido en música, sabor, aroma, color, éxtasis y sombras, trepidante vida y acechante muerte. También leemos poemas y relatos de Carver, algunos fragmentos de El Telón y Los Testamentos Traicionados de Kundera. Nos proponemos leer la totalidad de la obra de unos pocos autores. Entre ellos Vladimir Nabokov, Hrabal Bohumil y Philip Roth. A Lorena le apasiona Walter Benjamin y Murakami. Pero no todo es literatura. Un novelista debe saber de todo, y en lo posible desenvolverse en la mayor cantidad de oficios, porque es el último baluarte del conocimiento, el clarificador de los oscuros laberintos del alma, el comprensor de todas las desdichas, el escrutador fino del latido histórico. Por eso reparamos objetos maltrechos, saboteamos a los cazadores deportivos, buscamos cementerios indígenas y de cuando en cuando leemos a Marvin Harris. 

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