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La batalla de la historia



Hay vida a pesar de Trump. Apogeo de una estación olorosa a membrillo. Ires y venires de hormiguitas humanas que trabajan incansablemente para eternizar su forma de amar y de odiar. 

Los manzanares se retuercen de tan cargados. Hay castañas diseminadas en los patios, a orillas del camino, cajetillas espinosas a medio abrir que se pudrirán con el próximo invierno. Volvemos a cocinar guisos cálidos, lentejas con tomillo. Al mate le agregamos agua más caliente. El oloroso cedrón permanece humedecido con el rocío cordillerano. La estufa arde en la penumbra de una habitación silenciosa. Los libros descansan en la esquina del escritorio. Tobías Wolff tirita por una nueva copa. Se ha descargado el celular. El reloj de la pared anda atrasado.

Los minutos se pasman con las bravuconadas imperialistas expelidas desde el televisor, la radio, los diarios, internet. Imaginamos hongos atómicos asomándose detrás de las montañas, nubes negras cubriéndonos el sol, abejas derribadas, rosas tristes, vacas mugiendo ante un pasto envenenado. Y los niños, todos los niños buscando una explicación ante ese ventanal donde se oscurece el mundo.

Digo que tengo hijos, pareja, amigos, parientes, gente a la que estimo. Considero que no molestamos a nadie y solo queremos vivir tranquilos aportando lo nuestro, contribuyendo a la continuidad de las estaciones, regando el tomatero en época de sequía, tomando las uvas que nos prodiga el otoño, oliendo la flor del castaño. ¿Nos importa el resto? Claro que si. Pero ayudamos con organización, prolijidad, asesoría, presencia, cultivo, construimos bases sólidas basadas en el respeto mutuo, enriquecidas con la diversidad, resistentes para soportar los zapateos de una vida enfiestada.

Pero hay locos que nos quieren dejar sin nuestra paz. Embajadores plenipotenciarios de la codicia humana. Locos que destruyeron Siria, Irak, Afganistán, Líbano, que irán por Corea, Irán o Venezuela. Locos que hace 44 años estropearon mi propio país. Pienso en los niños. En todas partes desearían ir alegremente a un colegio, jugar en las plazas, subirse a los árboles, flirtear con un compañero, tener padres sanos, respetados y fuertes hasta llegar a ser adultos. Pero hay locos que amenazan todo esto. Y antes eso, los viejos, los que ya tenemos parchada el alma, el corazón rugoso de tanto frío cósmico, la mirada haciendo saudade ante la nada, los viejos estandartes de la era sacrificada, no podemos sino ponernos el turbante afgano y rebelarnos con toda la fiereza posible. Nada nos espera por delante más que seguir combatiendo con armas de sombrero de conejo en esta infatigable batalla de la historia.

El infierno tan temido

Los campesinos nos levantamos de madrugada y a veces no sabemos qué hacer con ese silencio penumbroso. Calentar el agua en la tetera, aspirar la niebla con aroma a otoño. Hojas marrones de plataneros alfombran el patio. Montoneras de parras, manzanas apenas mordisqueadas por ovejas. Pasa el furgón del panadero, el bus a Concepción, ciclistas obreros. Los perros del camino se van relevando el ladrido.

Ha hervido el agua. Dos cucharadas de café dentro del tazón manchado de siempre. Una cucharada de azúcar. Un sorbo contemplativo. El pan se tuesta hasta chamuscarse. Queda mermelada de ciruela. Desde el ventanal con vaho se divisan nueces caídas, troncos de álamo mojados por el rocío, un vecino que bosteza rumbo a su gallinero.

Segundo sorbo. Abro El infierno tan temido de Onetti. Afuera clarea, pasan funcionarios municipales, técnicos de la hidroeléctrica, estudiantes con su primer cigarro. Tercer sorbo. El tiempo de un campesino empieza a acelerarse, la luz del día no perdona la templanza, el mirar por mirar, menos las páginas de Onetti. Cuarto sorbo y un último párrafo:

"Adivinó su soledad mirándole la barbilla y un botón del chaleco; adivinó que estaba amargado y no vencido, y que necesitaba un desquite y no quería enterarse. Durante muchos domingos le estuvo mirando en la plaza, antes de la función, con cuidadoso cálculo, la cara hosca y apasionada, el sombrero pringoso abandonado en la cabeza, el gran cuerpo indolente que él empezaba a dejar engordar. Pensó en el amor la primera vez que estuvieron solos, o en el deseo, o en el deseo de atenuar con su mano la tristeza del pómulo y la mejilla del hombre. También pensó en la ciudad, en que la única sabiduría posible era la de resignarse a tiempo".




Fiestoca de avispas en el manzanar


El valle de San Fabián amaneció neblinoso y frío. Hay rumores de truenos cordilleranos, fumarolas intermitentes en los Nevados de Chillán, queltehues exaltados por la probable lluvia de Viernes Santo, Ráfagas de viento norte voltean cajetillas de castañas y despeinan quiltros expectantes. Hay fiestoca de avispas temerarias en el manzanar y suficientes encinas en el suelo como para alimentar las ovejas de un insomne.


Gris perlado

El cielo tiene color de lluvia, un gris perlado que se asemeja a la desidia y también a la inteligencia, a las emociones acongojadas sobre una tabla de piratas alcohólicos. Recorro mi huerto, lo que queda de una siembra descuidada, el poco riego, la libertad de crecer y morir con escasa intervención humana. El bosquecillo de tomillos sigue estoico su transición a un abril reseco. Los zapallos crecieron poco, pero se dejan ver entre guías y yuyos, augurando charquicanes humeantes en días lluviosos, estofados de cochayuyo para Semana Santa, sopaipillas amarillas en tiempo de escarcha. Los manchones de orégano vuelven a renacer, tal como las alcachofas y lavandas. El frío tiene su propia corte de renacidos, su primavera invertida.
He descubierto un pequeño castaño entre los maquis. Apios entre los manzanos. Cinco peras primerizas. Hay escaramuzas aéreas entre tiuques y queltehues. Imperialismos emplumados acaparándose el botín de los insectos.
Traslado mi ordenador y mis libros al patio, bajo el parrón de uva negra. La mesa está alfombrada de hojas resecas. Mate tibio. Celular alerta. El viento trae noticias de membrillares maduros, de manzanas agusanadas suicidándose en la hierba. Rameau en los parlantes. Un carpintero cabeza colorada tamborilea el viejo manzano. Los yorkshire corretean de lado a lado como caballería liliputiense. Avanzo en Las ratas de Miguel Delibes. La perrita Fa medio enceguecida de tanto hurgar entre la maleza del arroyo, el Ratero merendando ratas fritas rociadas con vinagre. El mundo a ras de suelo de Delibes bien cabría en San Fabián, entre nuestros comedores de perdices que silban y carraspean para ahuyentar su soledad.



Lucidez nabokoviana

El whisky se inventó para soportar los adioses, para pegar un relincho de gozo ante una fogata crepuscular. La alegría del alcohol es de utilería, de resignación, de amistad transitoria, un dopaje a la futilidad de los días. Habitualmente es lo que está más a mano. Lo contrario es tirarse desde un risco hacia la lucidez nabokoviana. Ver colores inverosímiles y libélulas transparentes, crepitar de hojas otoñales de 1900, asombro ante un dejavú desclasificado de memorias ancestrales, nuestro rostro impasible en el agua de un río que no deja de murmurar.

Las nubes bajas tiñeron el valle de un azul grisáceo. Un silencio corrompido por balidos de ovejas anticipa una probable tormenta cordillerana. Abejas entumidas de otoño llegan a succionar un planchón de rudbeckias. Es hora de retomar El aroma del tiempo de Byung  Chul Han. Recuperar el ánimo contemplativo es un imperativo en esta época de trenes bala donde casi nadie parece alcanzar a percibir qué y cómo es la vida.






Operando la relojería final

Soy un escritor esencialmente político. Una Corea del Norte armada hasta los dientes de posibilidades narrativas. Aborrezco la derecha y me burlo de la ineptitud de las izquierdas, de casi todas, porque son miles, tal como derecha hay una sola, soez, irracional y feroz. Así es difícil tener compañía, una legión que combata desde una posición parecida, porque no respondo a ningún mando, a ninguna parcialidad, solo apoyo eventualmente, presto mi artillería a una causa justa, y me repliego cuando el enemigo a vencer se ha hecho humo. Estar fuera de control es un valor agregado de mi pluma. Al menos así me gusta verme, antes que el vino me entristezca la mirada, o me la aclare, y me exponga una condición humana turbulenta y maldita, donde en lugar de sangre circula mala leche.

Busco los libros de Israel Yehoshua Singer y alguna novedad de su hermano Isaac Bashevis Singer, pero me encuentro con abundantes manuales de costura. De su hermana Hinde Esther Singer, prodigiosa novelista, queda muy poco. Ni siquiera el apellido. Desde hace una década dialogo con la mente de Isaac. De Israel solo conozco Los hermanos Ashkenazi. Y es por eso que llegué a los manuales de costura. Buscando La familia Karnowsky. La operación tiene un resultado inesperado, accidental, pues llego a La rebelión de Joseph Roth, libro hasta hace poco inencontrable. Las ácidas reflexiones de Andreas Pum, ex combatiente a quien el gobierno ha otorgado una condecoración y una licencia para tocar el organillo.

El cóctel de mi mente suele ser explosivo. Un parque de diversiones hecho de despojos, de héroes caídos en desgracia, de payasos de circo pobre apretando sus largas suelas con neoprén, de comienzos y finales amarillentados por el sol de marzo. Me siento bien entre los personajes de Joseph Roth, los atardeceres de Steinbeck, los colores de Nabokov. Y ante muy pocas personas de mi entorno. Algunos viejos campesinos me estiman y me confían la dirección de sus camionetas, me piden consejo para orientar sus proyectos productivos, me hacen narrarles lo que es una universidad por dentro, y a cambio me convidan una copa de vino de montaña, una chupilca en jarro de porcelana, un durazno de abril. El funcionariado me mira de lejos con adusta sospecha, como potencial amenaza, tal como la ralea pobre de extrema derecha que ya se dispone a fascistear las calles con su abanderado Piñera.

 Avanzan las horas de un sábado infecundo. Las letras boxean con el espejo sin dejar tiempo para maquillar personajes secundarios. Mi ternura sonambular añora abrazos filiales, épocas ruidosas de biberones y espantacucos.  La mitad de mi rostro se asoma desde una cortina púrpura. Ha florecido el cedrón. Mi mano derecha, rugosa y fría, palpa lo que la mirada apenas distingue, una sombra, una ilusión, un recuerdo, mientras la izquierda roza mi barbilla barbuda como interpretando a un dios filósofo aterido de incertidumbre.

Así están las cosas esta fresca tarde de marzo. Las nubes se estacionaron a baja altura. Corre un viento mentiroso de lluvia. Caen membrillos pasmados sobre el poleo reseco. Sé que lo único que tengo de mi lado es mi arbitrariedad para contar las cosas de una manera distinta. Para emboscar por sorpresa como un Pierrot con resorte. Mis neuronas psicodélicas hacen un producto por defecto, como un Chauncey Gardiner operando la relojería final.


El desasosiego de marzo



Marzo trajo consigo el desasosiego. Chile se convulsiona con pequeños escandaletes avivados por la prensa para distraer la atención de la chusma. Todos se suman al baile de humo. La letanía de las televisoras transmitiendo mañana, tarde y noche las andanzas de un pequeño estafador como Garay, mientras el imputado Piñera se esfuma del dedo acusador del populacho y la prontuariada Udi se sacude el polvo y la paja de la deshonra. Un grupo de policías se roba hasta los calzoncillos de la patria y ni amonestación reciben. A una mujer le sacan los ojos y nadie resulta culpable. El show de lágrimas de periodistas y fiscales excusa a psicópatas, ladrones y criminales. La misoginia se adhiere como alquitrán en cada argumento, en cada disquisición, y las víctimas mutan en victimarias. La era del espectáculo nos empieza a hundir en un limbo de inmoralidad, de relativismo, donde las fechorías no se pagan, donde la justicia bosteza inoperancia, la prensa exuda clasismo y la clase política, ciega, sorda y muda por esencia, leva anclas para seguir timoneando a su arbitrio su enorme navío de privilegios.

Niebla de mediodía

Te desvaneces como niebla de mediodía y no has hablado de ti lo suficiente. Has escabullido el gran tema, bailas sobre el ring como un boxeador escurridizo, das informes meteorológicos sin que nadie te lo pida, y no asestas ningún golpe, ni nadie sabe cómo golpearte, porque en el fondo eres una sombra sin sujeto, un payaso fantasmal sin repertorio, tienes el corazón en un lugar extravagante, la ética en un cuarto de violines, la memoria encerrada en un búnker de plomo, te gusta ver brasas encendidas avivadas por soplidos inexactos, chispas imprevisibles de eucalipto seco y pezones erectos de lectora de noticias; te gustaría ser un asceta, tener cornamentas de carnero y hasta morir así, morir simplemente, sin masticar nubes, sentado sobre la roca más alta, donde nadie pueda disuadirte, morir sin mirar abajo ni arriba, sólo al frente, o más bien hacia adentro, muy adentro, donde no hay acceso a servicios de emergencia, donde no hay grifos ni cascadas, sólo una memoria obstinada dentro de un búnker de plomo que se incendia con su cuota de universo.

Fotografía: © Jorge Muzam

Ambulancias en la niebla


Madrugada de ambulancias en la niebla, de posibles vidas rotas que no avistarán nuevos amaneceres. Nos dormimos tras el final de Une femme est une femme. La fresca espontaneidad de Anna Karina nos mantuvo embobados. El sweter rojo, la indolencia de los machos, ese Paris que iniciaba los sesenta. No hicimos el amor.

Golpear las sombras

Sigo atrincherado, oteando desde una casamata de hierro oxidado abandonada en un risco. Los caminos del enemigo dejaron de transitarse hace décadas y desde la casamata sólo veo alondras transportando ramitas secas.

Duermo en las noches con mi armadura puesta, el garrote bajo la almohada. Las batallas son incesantes. Golpeo las sombras, sudo, arremeto, mis brazos están en posición defensiva, no recuerdo el rostro de mis enemigos, sólo sé que están ahí.

Peleo por los míos, para defender mi posición, para vengar humillaciones pasadas, alguna vez lo hice por el socialismo, por el comunismo, por el anarquismo, por las bestias indefensas. Pronto percibí que era una burla a mi propia hombría. El ser humano es esencialmente una mierda anticomunista, una plaga de fieras acechando el mejor botín.


Imagen: Hernán Arévalo

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