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Primo hermano del soldado Svejk

Soy un quiltro genético. La geografía mundial está enmarcada en mi iris. Mis arrugas tienen depresiones y altares, soles mesopotámicos. La llanura infinita de Gobi. Formaciones napoleónicas diseminadas por la estepa rusa. Raterillos de Dickens. Naranjales sicilianos. Polvillo argelino. Tengo incluso genes de personajes literarios. Primo hermano del buen soldado Svejk, de Alexander Portnoy, de Ignatius Reilly, sobrino de Franz Tunda, de Mrs Dalloway, bisnieto de Alonso Quijano. Soy hijo de una historia tumultuosa. Aunque las hazañas personales para ostentar no son muchas, y casi siempre celebradas en demasía con tinto barato. Me amaron más mujeres de las que merecí. No supe retribuir a tanto amor. La conciencia se ilumina a destiempo. Entiendes a Van Gogh cuando te alejas. Se acerca la nieve. Ennegrecerá los eucaliptos, derribará la flores del aromo, hará tiritar a los corderos pequeños. Se acerca azulosa, como llanura irlandesa de Joyce, no tendrá misericordia con albaricoques ni durazneros en flor.

Los perros dialogan a las ocho

Oscurece y la nieve se sigue acercando a las lomas bajas. Una blancura gris envuelve las montañas y las agiganta a medida que la noche se impone. Los perros dialogan a las ocho. Se adhieren a Mozart, a los budismos de Kim Ki Duc, al silencio mismo. Es el contrapunto crepuscular a la marcha de los días, al tic tac de la mente, al dolor de ir siempre en reversa. La tarde estuvo pródiga en lluvia. Un ventarrón del oeste estropeó la ventana que está justo bajo el encino. Cayeron estuches y abanicos. Siguen ahí mismo, como instalación artística de la desidia. Hubo tiempo de hojear Los palabristas de Hrabal. Miseria resignada. Vaho invernal. Pies azulosos de frío. La inclemencia al interior de los zapatos que nunca podrán repararse. Humor a pesar de la historia. Tal como en La patria de la electricidad, de Andréi Platónov. Es mejor marchar hacia la muerte como un payaso. Sonrisa estilosa. Guante blanco. Flor lila al pecho. La vida humana cabe en una carpa de circo. En un ataúd de mago. Las cosas nunca han sido demasiado serias. Se ha silenciado la noche. Se han callado los perros. No hay nada más que decirse por hoy, salvo soñar, rascarse pulgas insomnes o esperar el raleo de alguna nube que deje una estrella al desnudo.

Imagen: Bohumil Hrabal.

No hay campana en el ring de la vida / Diario de una rata soldado



El invierno de nuestro descontento se ha engullido agosto. Se acaba la leña en la mayoría de las casas. El drama es buscar quien la venda, quien la transporte, que esté medianamente seca, y sobre todo que el metro de leña sea efectivamente un metro. Pero nunca sucede. La mayoría engaña. La plusvalía del timo se superpone hasta en un kilo de zanahorias. Sigo sumando letras, respirando vida cotidiana, lo que es parecido a vivir en un ring sin campana. Se suman contiendas. Sueles ganar por puntos. A veces te derriban con una pateadura en tu talón de Aquiles, en uno de los tantos, porque eres vulnerable, sentimental, te importan hasta los mirlos, los patos río arriba, el cangrejo seco sobre la piedra asoleada.

A veces me parece asombroso que estas manchitas negras signifiquen algo. Y ni siquiera con un vino mediante. Asombroso como el envejecimiento de mi mirada en los ventanales sucios. Me duele la época, la única de la que puedo testificar. Tenemos todo el conocimiento para ascender a dioses, para comer y vivir en armonía, para deleitarnos con la cultura universal que ha sumado infinidad de paraísos, milagros humanos, mentes que ofrendaron su lucidez, su generosidad, su bendita locura. Tenemos tanto para vivir en un comunismo perfecto, y sin embargo seguimos siendo ratas, quizá cada vez peores. Ratas asquerosas, ratas enfiestadas, ratas malévolas empujando la marcha mundial hacia el definitivo desbarranco.  

Desacuerdos sobre el manzano


Veinte de agosto de un año ingrato de nuestro señor. La escarcha se ha estancado en el valle como si fuésemos el jardín del gigante egoísta. Tordos y cachañas establecen desacuerdos sobre el manzano. El hielo ha retrasado el alimento. Hay poco que repartir. El sol se asoma envuelto en un albornoz de nubes. Su bostezo denota irresponsabilidad u olvido. Los digüeñes no han sido incentivados. Duraznos y albaricoques han florecido por cuenta propia. 

Café amargo para espabilar. Neil Young en los parlantes. Transito por la prensa virtual. Una sola mirada mundial. La derecha impositiva. Las izquierdas obsecuentes. Campea la comodidad desde el escritorio, desde la cama, desde el mullido sillón. Triunfa el egoísmo. La imbecilidad se esparce como una peste contagiosa. La basura televisiva oxida las mentes y los fusiles. Tanta sangre previa derramada inútilmente. Hoy la rebeldía mundial no es más que un gift enojado, zoncera sin sustancia de nenes vanidosos.

Afortunadamente quedan cartuchos, la memoria universal resguardada en morrales solitarios, miradas prestas a un nuevo combate, senderos de mago, sandalias esculpiendo huellas novedosas. La batalla de los siglos continúa. La lucha de clases no es asunto terminado.

Leo en Sugiero Leer: Barón Biza. El inmoralista. Buen título para una figura contradictoria. Pero qué buen escritor no lo es. La condición humana exacerbada con champagne. La ternura de un demonio jugando con pompas de jabón en el infierno.

Resuenan las campanas de la iglesia. Pasan los últimos católicos a reiterar sus culpas golpeándose el pecho. Se cruzan con testigos de Jehová. Con metodistas. Con trotadores domingueros. El sol se sacude su albornoz blanquecino y empieza por fin a laburar.

San Fabián huele a humo de hualle

San Fabián huele a humo de hualle, a podredumbre invernal de flores de camelia. LLovió durante la noche, gotas sutiles que cayeron como rumor de velorio sobre un techo oxidado. Quedan bancos de nubes a media altura. Nieve en las cumbres. Humedad en los huesos. Los días se suman. Los recuerdos se prueban pieles de zorro, sombreros operáticos. Las casas parecen museos liliputienses. Lo viejo convive con lo que se paga en cuotas. Las teteras estropeadas ostentan patillas de jacinto, scheffleras enanas. Las herraduras en las paredes simulan la posibilidad de una fortuna habitualmente esquiva. Las viejas mantas sobre los escaños siguen teniendo la impronta de caballos extintos, mechones de chivo, paja de trilla, lodo de montaña, sudor de tráfago otoñal. Nadie osaría lavarlas, eximirlas de sensaciones. Allí quedarán como testimonio arqueológico, como telar chinchorro de una época añorada. En el camino también nos esfumaremos dejando apenas cuadernos borroneados, letras paleográficas, discos duros espolvoreados de olvido. Remonta el sol. Los manchones amarillos del aromo adquieren la prestancia de Emil Nolde. Esperamos ganar lo suficiente para sobrevivir. Atizaremos un par de leños para que aguanten la jornada. En la tarde hornearemos pan de ajo, visitaremos El profeta mudo de Joseph Roth, terminaremos Wakefield en una señal pirata. Todo parece ideal al amparo humeante de un café de higo. 

Imagen: Emil Nolde

Corazón parapetado / Diario de una rata soldado

Hay tantas cosas que no escribes para no pasar a llevar las susceptibilidades de tus cercanos que te quedas sin mucho que decir. Escribirlo te depararía una hinchadura de pelotas a nivel galáctico. Podrías solaparlo en una novela, con otros nombres, en circunstancias parecidas, pero eso depararía lo usual, que te denigren por varias generaciones a la redonda. Se enfría el té mañanero, se ennegrece la palta, los gorriones desayunan miguitas y se van a vacacionar a un estanque mohoso.Tener el cuero duro es atributo necesario para un escriba, el corazón parapetado, la mente reflexionando entre nubes de humo, un arsenal de flechas multiuso para dispararle a quien se lo merezca. Lo tienes, pero no basta. Una ventisca de escarcha te acompaña siempre, te revuelve el pelo, te enfría los dedos de las manos, te oprime el pecho. Dicen que es el epítome portátil de la soledad universal. 

Zorros tristes

Retomando letras en medio del hielo. Fragmentos de Onfray y Jonathan Franzen, poemas de Bukowski. Julio en la cordillera andina es un asunto muy serio. Cae nieve en todo el valle. Se retuercen los aromos con el peso blanquecino. Los tordos escarban en la escasa hierba. Las impasibles vacas rumian su desayuno de alfalfa. El viento polar entume las orejas. Ralentiza emociones. Los asuntos familiares absorben. Se agotan las provisiones, se agota la leña. Es necesario superar los caminos escarchados. Bajan zorros tristes a contemplar la tragicomedia humana. Pero el egoísmo no es seductor y se regresan hacia sus bosques de pino. A ratos me siento como un Hawthorne perseguido por mamilas mutantes clamando ser llenadas. O como un personaje de Goya esperando el fusilamiento financiero. Y eso está bien, porque es una secuencia de vida genuina, solo que a veces pienso que la hora de Joyce no llegará nunca y a Finnegans Wake solo podré visitarlo en Braille. El sol mañanero se desvanece en una bruma con aroma a hojas podridas.

El viento se ha ensañado con los encinos

Diluvia sobre este valle cordillerano. Chispazos del altísimo. Esporádicos truenos. El viento se ha ensañado con los encinos. Bebemos mate con cáscaras de naranja. Partimos trozos de una churrasca recién horneada. Rebanadas de queso de los Salinas. Un viejo poste de acacio rinde su último servicio en la chimenea. Leemos a la Yourcenar, disfrutamos su mente dando zancadas por la historia, husmeando a Poussin detrás del follaje de sus pinturas, siguiendo al desazonado Wilde que arrastra sus pies por Nápoles, arruinado, buscando un cobijo, dos habitaciones, «una para el sueño, otra para el trabajo, en realidad, dos habitaciones para el insomnio». Es un diálogo a tres mentes. Lorena enciende antenas cuando leemos sobre Virginia Woolf, su narrativa pictórica, mística, desargumentada. Schubert contrapuntea la lluvia que sigue cayendo sobre el techo de zinc. La larga noche de junio recién comienza.

Solo segundero

Jorge Muzam

Mi hora de revisión de archivos digitales se suele alargar hasta el anochecer. Cómo pude haber llegado a acumular tanto material valioso. Deambulo entre epistolarios de famosos, cuentos de Murakami, Roberto Arlt, Torcuato Tasso. Me quedo pegado con Blasco Ibáñez, ese desmesurado español, cuánta cultura, qué variedad de registros. Su obra es vasta y poco leída. En 1909 anduvo por Chile. Cruzó la cordillera a lomo de burro. Fue recibido con recelo por los oligarcas locales. Los chilenos educados de entonces eran unos señoritos afrancesados. Mariconcitos que no sabían crear nada original y cuyo único sueño rastrero era hacer vida de bohemio en Paris. No les agradó que ese personaje que comía y sudaba como un Gargantúa les viniera a decir entre eructos que la gran mayoría de los intelectuales chilenos eran unos huevitos sin yema, vacíos, envidiosos y mediocres. Se fue en silencio dejando abundantes orgullos heridos en el camino.

Sigo bajando libros. Hemingway, Josep Conrad, varias obras de Bashevis Singer y Thomas Bernhard. Persigo novelas de Allan Sillitoe y del ruso Varlam Sholómov. Casi di un salto de alegría cuando encontré dos poemarios de Wallace Stevens. He completado la obra de Roberto Bolaño. Irregular, rosquero y solitario, como suelen ser los buenos escritores. 

Una ráfaga de viento cimbra el techo de chapa. Leemos con Lorena Tiempos Modernos de Paul Johnson.  Nos sirve para debatir con unas cervezas mediante. Johnson es un bocazas de la historia, un auscultador fino del behind the scenes de la gran política, un hocicón cizañero que escarba en los papeles arrugados tirados en los basureros del tiempo. Y aunque sea un conservador borracho ensalzador de derechas y dictaduras, leerlo me parece iluminador y divertido. 

Hace días que la bruma se comió el cielo. Los perros andan flojos, miran con desgano a los paseantes y sólo atinan a lamerse las bolas. Tengo un cerro de libros por leer, cientos de textos por terminar, tres novelas-golem que escribo al mismo tiempo, y un largo camino por recorrer. Largo en sentido metafórico, porque en el sentido habitual el calendario a mediano plazo aparece borrado, como en la película Volver al Futuro. Que aparezcan nuevos días en el calendario depende de lo que haga ahora. He dejado de lado numerosas actividades que me consumían inútilmente. Mi reloj de vida solo tiene segundero y apenas me alcanza para construir una fracción absurda de los multiuniversos que demanda mi mente.

Imagen: Qiang Huang

Comunismo generoso (fragmento del libro de memorias Tordos en la niebla)

Jorge Muzam

Mi traslado a la casa oscura fue de a poco, porque a veces me quedaba durante semanas en la casa de mis abuelos en el pueblo. Dormía en la pieza de mis tíos, en una casucha del fondo, rodeada de un membrillo, un manzano y un viejo cerezo. Allí me dedicaba a dibujar y a escuchar conversaciones de grandes. Mis tíos eran buenos para leer, para debatir, para hablar de la contingencia mundial. Jimmy Carter empezaba su presidencia. Reza Pahlevi occidentalizaba Irán. Las revistas del corazón hablaban de Ellen Burstyn y Liza Minnelli. Lo que sucedía en el país apenas se susurraba, porque mi abuelo era policía y ninguna crítica al gobierno o a la situación general podía llegar a sus oídos ni a los de nadie. Y ciertos vecinos tenían fama de delatores, de pinochetistas recalcitrantes y de haber entregado mucha gente allendista tras el golpe de Estado. El hecho es que yo también leía. Hojeaba revistas Ercilla, Qué Pasa, los diarios La Tercera, Las Últimas Noticias, El Mercurio, numerosas enciclopedias, y mis ediciones preferidas, las Reader’s Digest. Esperaba con ansias repasar cada una de sus secciones. Ya a los cinco años me las sabía todas. Y no recuerdo cómo aprendí a leer. No recuerdo que alguien me haya enseñado. Todo sucedió en los intersticios sin control que dejaban los adultos. Mi afanosa mente simplemente se adueñaba de esos microespacios de libertad y plantaba su bandera de supremacía. El hecho es que como me quedaba allí, participaba de la rutina hogareña de mi abuela. Levantarse muy temprano, aseo personal estricto, rigidez militar para el orden, té y pan con miel al desayuno, cucharada de tónico para energizar el cuerpo, almuerzo de lentejas, leche Nido en las tardes, sopa de huevo y perejil en la cena y a acostarse con la desquiciante invitación del Topo Gigio de Televisión Nacional. Siempre odié a ese ratón maraco. Al otro día me iba temprano a mis clases de Kinder. Chaquetón café, zapatos lustrados, lengüetazo de vaca en el pelo y mi bolso de cuero con los útiles y tareas en mediana situación de compromiso. Recuerdo una tarde al volver de clases. Venía solo, pateando piedritas hacia los costados, y me detuve frente al negocio de don Amado, situado justo en la esquina del pasaje. Vi tantos productos, fideos, detergentes, tarros de café, bolsas de azúcar, y al centro del mesón una cantidad de frascos rellenos con dulces de distintos colores, frascos relucientes que incitaban a la idea de un paraíso degustativo. Sabía que había que tener dinero para comprar cada mercadería. Pero se me ocurrió que también debería existir una instancia en que las personas que necesitaran imperiosamente un producto podían acceder a ellos gratuitamente. Algo así como un comunismo generoso. Eso fue lo que intenté explicarle a don Amado cuando le solicité dulces para satisfacer mi necesidad de ese momento. Don Amado me explicó latamente que las cosas no funcionaban así en este mundo. Que sin dinero no me quedaba más que aguantármelas. Y así fue.
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